CRÍTICA DE TEATRO

Cristóbal Cartes

 

Walter Benjamin (1892-1940), filósofo, crítico literario, traductor y ensayista alemán, en su prolífico texto El narrador*, señala dese el comienzo, que la típica facultad humana del intercambio oral de experiencias, se encuentra en retirada y que esto se hace evidente desde la Primera Guerra Mundial, con la cual los soldados volvían habiendo vivido experiencias nuevas, pero que eran inenarrables: volvían mudos. Con el cuerpo y la oralidad propia de toda puesta en escena, Polvo eres parece querer, con un monumental esfuerzo, lograr transmitir aquello que no se ha podido decir de los acontecimientos violentos desde el siglo XX en adelante, mediante una táctica particular.

La obra fue escrita en 1996 por Harold Pinter (1930- 2008), dramaturgo, guionista, poeta, actor, director y activista político inglés, premio nobel de literatura 2005. Dadas sus vivencias, como el bombardeo nazi sobre la ciudad de Londres, y luego su enorme oposición a todo tipo de violencia política o de guerra durante toda su vida, no es sorprendente que, tras ser un espectador de esta obra, que es un diálogo de 50 minutos entre un hombre y una mujer, en la que nunca se presente un solo tema o imagen completa o concreta, uno, como espectador, no pueda dejar de pensar que ha visto una especie de película de guerra. Pero esta lectura es la lectura rápida, pues la táctica para no decir nunca lo que se quiere decir es compleja, y la constituye el hecho de narrar el diálogo en imágenes, imágenes que parecen recuerdos oníricos de cualquier persona del mundo, no particularmente del hombre y la mujer que vemos en escena.

Sofía Scharager, quien anima a la mujer: Rebecca, hace un trabajo muy bueno en cuanto a la transmisión de los recuerdos indeterminados del personaje. Porque lo que como espectadores vemos en escena (dos sillones, un velador pequeño, un living con paredes de cemento sin pintar y ventanas que dan a un jardín constituido por paredes llenas de enredaderas y árboles secos que entran hacia la casa por ventanas sin vidrio), no es en realidad lo que vemos. Ella nos invita a construir dentro de nuestras mentes las imágenes que narra: un hombre que le tapa la boca, un hombre que le quita los bebés a las madres, personas caminando por la nieve, un grupo de gente guiada a desaparecer en el mar, trenes, andenes, etc. Todo eso va construyendo un relato inconexo al que Francisco Martínez, quien interpreta a Devlin, intenta, no sin poca desesperación, darle algún tipo de coherencia, de particularidad en la vivencia de su propia esposa, haciéndole preguntas para guiarla, pero que ella eluda con nuevas imágenes. Ambos hablan como si se tratara de una traducción al castellano de una película gringa e intentan traducirnos lo intraducible.

El trabajo de Martínez se me hizo menos comprensible que el de ella. Había algo en sus palabras, un fraseo siempre igual, que no ayudaba a comprender sus ideas o intenciones con plena claridad. Lo que mejor logró transmitir, sin embargo, fue la idea del estadio vacío, con un partido de fútbol entre Argentina y Chile, pero que nadie ve. Así, con imágenes que siempre transmiten ideas internas, de soledad y violencia, es que se comprende que el diseño escenográfico, de Germán Droghetti, sea aquel en que ramas muertas entran por las ventanas de la casa: son como los acontecimientos violentos ahora dentro del espacio privado e íntimo de los personajes, en sus recuerdos subjetivos. La iluminación, a cargo de Tobías Díaz y la música, de Alejandro Miranda, contribuyen a la indeterminación; la luz cambia, baila sutilmente durante los relatos, casi como una marea que sube y baja, mientras que los sonidos, sufrientes y fantasmales, nos llevan a espacios de tensión y violencia.  

La dirección de Marco Espinoza, creo, puede considerarse una apuesta arriesgada para un público que no suele ir al teatro. Podría decirse que es aburrida y complicada, que no dice nada, pues no es simple, pero bajo la perspectiva de la coherencia de la obra de arte, eso es justamente lo que quiere provocar, que el público complete e interprete con su propia memoria fragmentada estas imágenes que, al final, se vuelven universales y son parte de la historia tanto de Chile en dictadura, como de Europa o de Siria o de Irak. Es una dirección delicada, que obliga a los actores a tomarse el tiempo para decir un texto que puede demorar solo 25 minutos en ser leído, pero que en el teatro toma una nueva e interesante densidad, la densidad de lo que no se puede decir; la densidad de que, en la violencia humana, todo pierde sentido y de que no somos más que una insignificancia: cenizas y polvo.

 

Ficha técnica

Reparto: Sofía Scharager como Rebecca | Francisco Martínez como Devlin

Autor: Harold Pinter

Diseño de Escenografía y Vestuario: Germán Droghetti

Diseño de Iluminación: Tobías Díaz

Composición Musical: Alejandro Miranda

Diseño Gráfico: Gianina Carbonel y Pablo Reyes

Creación Audiovisual: Aquiles Poblete

Producción general: Camila Provoste Cid

Prensa: Domingo Fuentes

 

*rescatado de http://www.catedras.fsoc.uba.ar/reale/benjamin_narrador.PDF  el 03/06/18