CRÍTICA DE TEATRO

Cristóbal Cartes

 

La obra de teatro La espera de la Cía. Teatro del Terror, dirigida por Javier Ibarra y Nicolás Pavez, es originalmente un cuento del libro Cuero de diablo (1966) de Guillermo Blanco, escritor y periodista chileno, reconocido con el premio nacional de periodismo, nacido en Talca en 1926, muerto el 2010. Tanto el cuento como la adaptación escénica cuentan la misma historia: el patrón de una gran hacienda en el campo chileno encuentra al Negro, un bandido, quien estaba violando a una mujer indefensa, por lo que, tras darle un tiro en la pierna, lo encierra en la hacienda en donde su esposa, la patrona, se encarga de curarlo, mientras esperan la llegada de carabineros. Pasan algunos días en los que el Negro los amenaza, prometiendo que, si no lo dejan libre, él o sus amigos volverán y los matarán a ambos o dejarán viudo a alguno de los dos. La patrona, luego de que se lo llevan, queda terriblemente asustada con esta amenaza y no puede dormir en las noches, esperando que el Negro regrese en busca de venganza.

La gran diferencia entre la adaptación dramatúrgica de la obra y el cuento de Guillermo Blanco es la actualización ética de lo que representa cada personaje en el mundo o el Chile de hoy, dado, a mi parecer, por el movimiento feminista y masiva llegada de inmigrantes. El cuento parece no tener como objetivo el reflejar costumbres sociales, sino centrarse en el terror psicológico proveniente de la mujer, como si fuera un cuento de Poe. En la obra, lo que en el cuento sólo son un par de diálogos y días que ni alcanzan a describirse sobre la relación que forma la patrona con el Negro, sobre el escenario es un diálogo largo y políticamente contundente, en el que el Negro logra, a fuerza de palabras, convencer a la mujer de que ambos pertenecen a la misma categoría social: una mujer y un “negro” (mestizo o indígena), seres marginados del poder, encerrados en el universo. El patrón, en cambio, es el hombre blanco, masculino, con la mesiánica misión de construir un país fértil, multiplicando los panes y los peces. Estas ideas se hacen evidentes en largos diálogos, primero entre la patrona, animada por Soledad Cruz y el Negro, interpretado por Claudio Riveros, y luego entre la patrona y el patrón, representado por Nicolás Pavéz.

En mi opinión, la dramaturgia, a cargo de Iván Fernández, supera al cuento en profundidad social y en belleza. La forma en que habla el Negro, rimada, rítmica y cantada; las imágenes oníricas y emocionales que transmiten la patrona; y el grado de delirio nacionalista en la voz del patrón, no se encuentran en la narración de Blanco. Agrega temas, como la infertilidad de ella y, por lo tanto, la imposibilidad del patrón de cumplir el anhelo de tener herederos, hombres que prosigan la misión cristiana. Y queda muy claramente expuesta la idea de que aparte del patrón, el resto del mundo pasa a estar en la categoría de animal, incivilizados y domesticables. La misma patrona se lo grita en la obra: “Yo no soy una mujer, soy una yegua”. Lo cual parece demostrar que, desde los orígenes del teatro, en Grecia, la herencia de este pueblo y de los tiempos antiguos no ha cambiado nada, sino más bien, se ha expandido con todo lo bueno y con todo lo malo.

Entonces se repite el terror psicológico del cuento, pero ahora aumentado y puesto al servicio de un miedo social, porque como espectadores vemos a la patrona dudando, desesperada, de su posición de clase, de su categoría como mujer e incluso de sus ideas en la ética del trabajo. ¿Por qué producir más de lo necesario para formar una nación, si esto implica someter a quienes estuvieron antes, quienes trabajaban para producir lo justo para ellos sin molestar a nadie? En este sentido, el tratamiento del miedo se vuelve más complejo que el simple hecho de asustar al espectador, entretenerlo (ponerlo en tensión). En la escena, el miedo que provoca la espera es el miedo a la venganza por haberse equivocado de lado, de pensamiento, como si en realidad sí la mereciera.

Las actuaciones están equilibradas en estilo y en intensidad. En la función a la que asistí, sin embargo, Soledad Cruz, en el papel protagónico, estaba enferma, y la primera escena fue sinceramente un rezo en tensión de parte de los espectadores para que no se quedara sin voz.  Logró salir del apuro sin salirse del personaje y sin que nunca se le dejara de entender lo que decía y en los momentos de gritos no perdió proyección ni intensidad emocional. Destaco, además, para el final, una danza onírica y tétrica por parte también de Soledad, muy bien organizada corporalmente, como la de un caballo al galope, que raya en lo absurdo, pero que por lo mismo asusta o provoca una risa nerviosa. Esta danza, respecto a la dirección, es un recurso muy bien utilizado para mostrar el miedo interior de la patrona. Las únicos dos aspectos que quedan como cabos sueltos son el fantasma de la niña del río, que se nombra en el cuento pero no parece necesario en la obra, sobretodo porque solo se nombra una vez, y una intervención a público hecha por Nicolás Pavez, como un recurso brechtiano y político que no me parece necesaria dada la claridad del discurso manifestado en los diálogos entre personajes.

La escenografía, los efectos especiales, la música y la iluminación están muy bien cuidados y funcionan al servicio de la belleza, la narración y el terror recordando películas tanto contemporáneas cómo clásicos del terror estadounidense. Por lo mismo, creo que es un trabajo muy interesante, dado que ninguna otra compañía nacional parece indagar en el terror y esta vez, lo hacen junto a una propuesta que remite también en lo político, sin temor a evidenciar una posición clara al respecto.

Hasta el 19 de mayo en Teatro Sidarte. De miércoles a sábado.

FICHA ARTÍSTICA

Dirección: Javier Ibarra Letelier y Nicolás Pavez

Dramaturgia: Iván Fernández a partir del cuento homónimo de Guillermo Blanco

Diseño escenográfico y de iluminación: Rocío Hernández

Música: Juan Carlos Valenzuela

Diseño audiovisual: Alex Waghorn

Producción: María Luisa Vergara

Elenco: Nicolás Pavez, Soledad Cruz Court, Claudio Riveros, Carol Henríquez

Técnicos: Joaquín Rodríguez / Andrés San Juan

Duración: 90 min