CRÍTICA DE TEATRO

Cristóbal Cartes

 

La Mujer Rota es un título que se repite: en Chile existe la editorial independiente Los libros de la Mujer Rota; es el título de un libro de tres relatos de Simone de Beauvoir, en el que el tercero lleva el mismo nombre; y ahora existe esta puesta en escena, nueva, dirigida por Raúl Osorio y con una dramaturgia de Marco Antonio de la Parra. Nombro esta repetición del título, no porque por eso sea poco original ni nada menos, sino porque parece cristalizar una condición. No es LA mujer rota, única, son laS mujerES rotaS. Por nombrar una se nombra a todas y se afirma desde el comienzo: la mujer está rota.

En la obra todo está partido en dos, podríamos decir, todo está roto, partiendo por el espacio. Por un lado, hay una habitación con una cama, un velador, telas, un biombo, ropa y una lamparita, mientras que en el otro vemos alfombras de diseño oriental, distribuidas de forma que se ven agrupadas en desorden, pero en un equilibrio coherente. En la puesta en escena hay dos actrices y dos ejercicios fundamentales. El primero es el relato en donde vemos a Mirna, animada por Alexandra Smith, hablando por teléfono en su habitación con un hombre, un amante que ahora está con otra mujer. En una especie de estado de despecho y locura, le sobrevendrán ideas como las de matarse y se emborrachará. Su amiga Teresa, interpretada por Gabriela Robledo, tendrá que ir a ayudarla. El segundo ejercicio son monólogos en el que sus personajes están en escena y se dirigen a público. Mientras una habla, contando parte de sus pensamientos, su historia y su condición como mujer o construcción de mujer en la sociedad, la otra, en la otra mitad del escenario, se mueve en una coreografía original, intensa y poética, y parece repetir lo que la otra dice, pero con intención distinta y en un idioma inventado. Así ambas se coordinan, por un lado mostrando las palabras que forman un discurso entendible y, por otro, al parecer, una vida interior que intenta ser transmisible al fin.

Ambas actuaciones son intensas, vívidas y en ellas se manifiesta un trabajo profundo dentro del proceso de creación. A Gabriela Robledo se le pierden frases de vez en cuando, pero nunca pierde la integridad del personaje ni de las acciones. Ambas comprenden el largo poema fragmentado que es la obra y la saben sostener. Tengo que decir que existen momentos certeramente cómicos de los cuales uno queda esperando más.

El vestuario, a cargo de John Álvarez, es, para mí, alabable. La elección de texturas, colores y tallas encaja perfectamente en el cuerpo de las actrices, haciéndolas ver sexys, profesionales, patéticas o listas para salir a una fiesta. Todo el diseño escenográfico se basa en llenar el espacio de telas, pero de telas que hablan y muestran las posibilidades de rol que puede tomar una mujer: despechada, delicada, trabajadora, misteriosa, amiga o amante. Destacan en la obra los elementos que históricamente han sido dotados a modo de símbolos como femeninos: las telas, la ropa, juegos con el pelo, agua, peines, un abanico. Todo lo cual manifiesta una identidad fragmentada y frágil. La música en vivo, interpretada en piano y voz por Daniela Shajade es tranquila y hermosa. Ayuda a calmar la intensidad de las actuaciones y a sostener las transiciones.

En total, es una puesta en escena coherente, que abre un espacio plenamente femenino y que invita a discutir un tema contingente, acerca del feminismo y la actual posición de la mujer en la sociedad. ¿Es esta rotura una condición necesaria, natural o una construcción?

Próximas funciones: 8-9 / 11-12-13 / 21-22-23 de junio, a las 20.30 hrs. Centro Cultural Estación Mapocho.

Ficha artística.

Dirección: Raúl Osorio

Dramaturgia: Marco Antonio de la Parra

Reparto: Gabriela Robledo, Alexandra Smith

Interpretación y Composición musical: Daniela Shajade

Diseño Integral: John Álvarez

 

certeramente

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