CRÍTICA DE TEATRO

Cristóbal Cartes

 

Tuve una conversación con una amiga al menos un mes antes de ir a ver la obra. Me dijo de lo que se trataba de acuerdo a lo que había oído, sin ella misma haber visto la obra. Me dijo que hablaba de dos transgéneros que se arrepentían de haberse hecho la operación de cambio de sexo y que le enojaba que una obra así se presentara en un gobierno de derecha, porque podía confundir a la gente, como si eso de ser transgénero fuera una condición no tan condición, sino un juego. Yo en ese momento le encontré razón. Ahora que vi la obra comprendí que no la teníamos.

 

Los arrepentidos es una obra de teatro basada en una conversación real dentro del instituto dramático de Estocolmo, entre dos hombres que no se conocían hasta ese momento, Orlando y Mikael, que viven en Suecia. Conversación que sucedió el año 2006 frente a una cámara. Es una puesta en escena muy simple a primera vista: dos sillas, una mesita con un proyector de diapositivas, un micrófono, en el extremo izquierdo para el púbico otra mesita para servirse té y agua, al fondo una pantalla para proyectar las fotografías que colocan los personajes en el aparato. Nada sobra. Todo lo demás es un espacio vacío. Esa simpleza permite que como espectadores pongamos total y completa atención a la conversación entre estos dos hombres, a sus más pequeños gestos, tiempos, posición de sus cuerpos y los matices de su voz, a la actuación. También permite que al relatar acontecimientos vitales con la maestría con que lo hacen, veamos dentro de nuestras cabezas lo que nos cuentan, que no sea necesario poner las acciones sobre el escenario, solo escuchar sus confesiones. Las actuaciones de Alfredo Castro y Rodrigo Pérez intentan ser y son plenamente orgánicas. Pero es el tema lo importante, esa es la parte compleja, y en la iluminación a cargo de Andrés Poirot y el sonido en las manos de Daniel Marabolí vemos la intención que existe de destacar ciertas partes sustanciales, ciertos momentos más sensibles que otros, manejados con plena fluidez y sutileza.

 

Entonces es el tema, sus matices y sus emociones, lo que me parece más significativo destacar, lo que Víctor Carrasco quiso destacar, supongo. Nunca se dice la palabra transgénero porque estos hombres no lo son, nunca lo fueron y si lo fueron no importa o no se dieron cuenta. Ellos, los hombres reales que tuvieron esta conversación hace años, problematizaron el tema de lo que se considera normal, de lo que significa ser hombre o ser mujer, o ser algún tercero fuera o entremedio de estos dos conceptos, y al verlos viviendo en el escenario nos damos cuenta que por muy raros que parezcan a veces, no son ellos los raros, sino que somos nosotros o todos, y que lo normal como concepción debería ser abolido. Es una obra que tiene, además, cierto humor, pero que es un humor que muchas veces surge ante la duda, que puede ser que se instale en la garganta de los espectadores por nerviosismo o por plena discriminación ante el afeminamiento o gestos o matices de voz que no corresponden a lo que “debería” ser y yo me preguntaba, porque no me provocaba risa, si esta gente que se reía realmente estaba comprendiendo. Y la verdad eso es ponerme en una posición de superioridad, como si yo lo comprendiera mejor, pero en realidad cada uno comprendió algo a su manera y a cada uno se nos mostró lo mismo, la realidad de humanos que existen y que ya no deberían seguir ocultándose o hacer un esfuerzo tan grande para que la sociedad los acepte. Lo que deja claro la obra, es que el problema no es un problema de su identidad personal o su privacidad, es un problema de cómo todos los que no somos ellos tratamos ese tema, cómo tratamos a lo que no entendemos porque nuestras concepciones de lo que debe ser el género o el sexo, lo masculino y lo femenino están fijadas como algo natural, normal y todo lo encasillamos en uno u otro lado, pero el espectro de la identidad es tan amplio como la cantidad de personas que pisa el mundo.

 

Es una obra necesaria en Chile en estos momentos en que la identidad de género no tiene ningún derecho para existir. Somos nosotros los que deberíamos arrepentirnos. Esperamos otra temporada.

 

Ficha Artística

 

Autor: Marcus Lindeen

Traducción: Constanza Brieba

Dirección y diseño de espacio: Víctor Carrasco

Asistencia de dirección: David Gaete

Elenco: Alfredo Castro y Rodrigo Pérez

Diseño de Iluminación: Andrés Poirot

Diseño audiovisual: Javier Pañella y Nicole Senerman

Diseño sonoro: Daniel Marabolí

Composición musical: Fernando Milagros y Diego Perinetti

Producción ejecutiva: Bárbara Nash

Producción en terreno: Manuel Morgado

Fotografía: Daniel Hanselmann-GAM