Crítica de teatro

Cristóbal Cartes

 

La frase que más me llamó la atención dentro de los diálogos es la siguiente: “lo más democrático aquí es el culo porque todos tenemos uno”, que seguramente no es la más importante, si es que hay una frase más importante en el intrincado texto de Gerardo Oettinger (dramaturgo y actor del Club de Teatro Fernando González Mardones), pero que a mi parecer apunta a una intención central del texto: encontrar algún sitio donde deje de haber marginados y privilegiados y solo haya personas que pueden ser lo que deseen ser, en un territorio común que los sostenga y los proteja. Ese sitio puede ser el culo.

La obra, dirigida por Rodrigo Soto, transcurre en la casa de la Suzuki (Rodrigo Pérez), una vieja travesti que se está quedando ciega. Su casa es un pequeño departamento de la comuna de Independencia. Ella, junto a la Beyoncé-Jenny-Pedro (animada por Gastón Salgado) que quiere ser mujer, el Lucho (interpretado por Guilherme Sepúlveda), que ya no se viste de mujer, y la Leila (en la actuación de Gabriel Urzúa), una travesti eléctrica que proviene de clase alta, todas trabajadoras sexuales, discuten en torno a la desaparición de su amiga, La Kena, su posible asesinato y las consecuencias de la venganza llevada a cabo por la Leila. Esta conversación abre distintos temas: el entierro de los cuerpos sin familia, las distintas visiones que tiene cada una hacia las inmigrantes, sobre todo las negras, con esto la discriminación, los recuerdos de leyes de la dictadura, los sueños del futuro, de lo que fueron y pueden o no llegar a ser.

El espacio está delimitado con una alfombra roja, cuadrada. Ese espacio es el departamento, constituido en el centro, al fondo, por un refrigerador viejo con una estatuilla de la Virgen y unas velas sobre él. Es un altar. En el centro de la alfombra, una pequeña mesa bajo una lámpara que cuelga del techo y cuatro sillas de madera pequeñas. Sobre la mesa, tasas y platos, un termo floreado. Fuera de ese espacio, es decir, fuera del cuadrado de la alfombra roja, los personajes parecen tener permitido cambiarse de vestuario y dirigirse al público. Un recurso utilizado muy delicadamente y con el que logran generar humor, el cual atraviesa toda la obra, pero logra sobre todo una cercanía y una confianza especial con los espectadores, una cercanía que luego la Leila aprovechará para preguntar cuán consecuentes somos entre lo que decimos y hacemos, posicionándonos en un lugar a la vez reflexivo e incómodo respecto a las diferencias de clase y nacionalidad.

Las 4 actuaciones dan al uso del lenguaje un carácter particular desde el modo de las clases bajas. Son actuaciones excelentes que se sustentan en un diálogo constante con todo lo que los rodea: el público, sus compañeros en escena, la situación. Además, se ponen en una posición de riesgo en la que no puede haber descanso actoral alguno, pues también hay público en sillas dispuestas a los costados del espacio, muy cerca de ellos, sobre el escenario. El vestuario a cargo de Gabriela Torrejón es muy divertido y certero. Destaco especialmente los geniales tacos-zapatillas de Gabriel Urzúa. La iluminación es simple, pero bella y coherente. La música en manos de Daniel Marabolí es oscura, grave y contrasta muy bien con momentos emocionales o de humor, pues da una sensación de suspenso.

La obra, entonces, se hace necesaria en la reflexión sobre la inmigración, tema de gran contingencia hoy en Chile, en donde lo que se dice es que pareciera ser que entre el concepto de inmigrante y el de marginado (chileno) no hay diferencia alguna, son sinónimos, pues ninguno de los dos tiene patria en el suelo chileno, ninguna ley lo protege ni lo salva, nada lo une a nadie, y todo le impide ser o cumplir con su sueño personal, que solo podrá quedar como sustento de una falaz esperanza vital. Quizás la única madre que nos une a todos es la Virgen de Pompeya, la protectora del desamparo de todos los marginados y si no, solo queda el culo, el culo como comprobación física de la igualdad sin juicio, el volcán que los cubre a todos por igual.

 

Temporada: 19 al 29 de julio | Horario Jueves a Sábado 21.00 hrs. y Domingos 20.00 hrs. | Teatro Camilo Henríquez |Preventa: $3.000 desde el 9 al 18 de julio Gral.: $6.000, Est. y 3ed.: $4.000.

Dirección: Rodrigo Soto

Dramaturgia: Gerardo Oettinger

Elenco: Guilherme Sepúlveda, Rodrigo Pérez, Gabriel Urzúa, Gastón Salgado

Diseño sonoro: Daniel Marabolí

Diseño integral: Gabriela Torrejón

Producción: Alessandra Massardo