CRÍTICA DE TEATRO

Por Cristóbal Cartes

Licenciado en Letras UC|

Actor Club de Teatro

 

La Sala de las Artes, en Estación Mapocho, es una sala con un diseño arquitectónico poco usual para el montaje de una obra de teatro. Hecha toda de cemento, constituye un espacio amplio casi perfectamente simétrico, con dos pisos. El de arriba es una especie de balcón continuo y rectangular, abierto en el medio hacia el espacio rectangular de abajo. El espacio total está rodeado de pilares cilíndricos que atraviesan el piso de arriba y sostienen el techo. El lugar que se eligió para la escena, en esta ocasión, fue el medio del rectángulo, dejando al público distribuido hacia los lados, en el centro de las aristas más cercanas, es decir, una parte del público queda frente a frente con la otra y la escena transcurre entre un aquí y un allá.

Si hago esta descripción es para destacar que el espacio elegido y el uso de ese espacio dialoga desde el primer momento con el título (Entre aquí y allá (lo que dura un paseo)) de la obra escrita por Victoria Szpunberg (1973), dramaturga nacida en Buenos Aires y con la mayor parte de sus estudios en Barcelona. Desde esta entrada que nos hace fijarnos en la distribución distinta del espacio (respecto del teatro tradicional), la puesta en escena revela desde el comienzo su intención de originalidad o ambigüedad. En el centro vemos un cuadrado de pasto sintético, sobre el cual hay una cama de fierro constituida únicamente por un colchón y pintada de rosado (spray rosado). En ese colchón se dibuja la silueta de una persona. Junto a la cama una lámpara de pie y dos sillas inflables de color blanco con calipso. Ese mismo cuadrado de pasto se transforma luego en un cuadrado luminoso, pues sus aristas son luces led, el cual constituye una referencia de cualquier espacio a rellenar, como una posibilidad, simplemente.

Entre estos dos espacios, la extraña habitación y el cuadrado led, transcurren dos historias paralelas. La historia de un escritor que ha perdido uno de los capítulos para la serie en la que trabaja junto a las discusiones de su estado de angustia con su pareja, por un lado y, por otro, la historia de otra pareja, una que fue a dar un paseo y ya no entiende dónde se encuentra ni como volver a su situación anterior. Ambas se desarrollan entre diálogos que en un comienzo parecen absurdos, pero luego, lentamente, comprendemos quiénes son cada uno de ellos, por qué su situación es absurda, y así se van develando sus deseos de constituirse como seres con una identidad completa en una realidad que los obliga a permanecer haciendo lo que la estructura de esa realidad les permite hacer y no lo que ellos desean ser.

Todo el diseño nos ambienta en un espacio que no es ninguno, como en una especie de limbo constante. Tanto la iluminación a cargo de John Álvarez, como la escenografía y el vestuario a cargo de Pedro Gramegna, definen espacios oníricos y ambiguos, pero no con referencias a un surrealismo abstracto del inconsciente, sino, más bien, a ambientes contemporáneos, electrónicos y urbanos. Esto es reafirmado a la vez por la presencia constante de un DJ, Rodrigo Ruíz, quien maneja muy bien los tiempos y ritmos de la música a cargo de Francisco del Brutto, y que generan las distintas atmósferas y sonidos, haciendo una referencia a aparatos electrónicos y a la fiesta, ese espacio que tampoco alcanza a constituir un objetivo único o definitivo más allá de olvidarlo todo y divertirse, cuando ya no hay nada más que se pueda hacer.

Todas las actuaciones cumplen bastante bien su rol, pero destaco por sobre todas, la actuación de Eduardo Durán en su diálogo con María Luisa Vergara. Ambos comprenden el absurdo de su situación, lo que implica eso para sus personajes dentro de la historia y lo que implica filosófica y humorísticamente eso para el público. En ellos y en su encuentro con un tercer personaje que lucha por tener una identidad, revelado por Camilo Carvajal, encerrado en ese cuadrado que no es ningún espacio, vemos la problemática de la obra: ¿Cuánta de nuestra voluntad es realmente nuestra voluntad? ¿Cuánto espacio de ficción necesitamos crear para escapar de las estructuras de poder? ¿Cómo esta estructura de poder define o coincide con nuestra identidad? ¿Hay un destino guiado por una mano externa? Entre aquí y allá tiene que haber un espacio en el que podamos decidir, eso queremos como respuesta. Es finalmente una obra que habla del mismo problema griego, edípico, sobre la determinación de la fuerza del destino, pero ahora en diálogo con el problema contemporáneo de las ficciones, comprendiendo que son las estructuras ficticias en las que nos movemos las que determinan nuestras actitudes y deseos (y no los dioses), muy a pesar nuestro. Es una renovadora puesta en escena de estilo contemporáneo sobre un texto contemporáneo, llevada a cabo con particularidad por Javier Ibarra junto a Colectivo González.

 

Ficha artística

Dirección: Javier Ibarra

Producción: Marcarena de la Fuente

Vestuario y escenografía: Pedro Gramegna

Diseño de iluminación: John Álvarez Esparza

Música: Francisco del Brutto

DJ: Rodrigo Ruíz

Elenco: María Luisa Vergara, Magdalena Acuña,, Eduardo Durán, Camilo Carvajal, Cristóbal Aldea, Alejandro Ubilla.