CRÍTICA DE TEATRO

Cristóbal Cartes

Mamma Mia! no es lo que se dice un clásico musical. Es uno de los llamados musicales jukebox, es decir, que está hecho para y por las canciones de algún exitoso grupo. En este caso, se trata del grupo sueco ABBA. El libreto original es de la dramaturga británica Catherine Johnson y fue estrenado en 1999 en Londres. El argumento es simple. Sophie Sheridan, interpretada en esta versión chilena 2018 por Josefina Montané, hija de Donna Sheridan, animada por Annie Murath, se va a casar, pero no sabe quién es su padre, así que invita a sus tres posibles padres a su boda, sin que lo sepa su madre. Donna, al reencontrarse con tres amores del pasado, se enfrenta a las dudas de haber tomado las decisiones correctas tanto para ella como para su hija. Todo transcurre en la taberna-hospedaje que administra Donna en medio de una isla griega.

Fui invitado a ver este espectáculo en el Teatro Las Condes por Florencia Arenas, mi amiga cercana y una de las actrices del elenco (que vale mencionar que en el papel de Lisa, una de las dos amigas de Sophie, lo hace muy profesionalmente). Si no hubiera sido invitado, seguramente no habría ido. El precio de la entrada fluctúa entre los 47.000 a 29.000 pesos sin la tarjera vecino de Las Condes, con la cual la entrada más barata es de 11.600 pesos. Siendo uno un actor recién egresado en Chile, 11.600 pesos, por poner un ejemplo, sería lo que se gana en una sola función bastante llena en un teatro relativamente conocido, sin considerar el trabajo no remunerado que implica hacer una obra si es que no es financiada por algún fondo. Dicho esto, quiero agregar que el par de veces que había ido al Teatro Las Condes, juzgaba todo de mal gusto, desde los espectadores (con sus trajes recién comprados y peinados de peluquería; señoras con plataformas en los pies, como si se tratara de un matrimonio juvenil) hasta el espectáculo, con actuaciones falsas y escenografías fastuosas, también de mal gusto, como si el arte se tratara de generar cliché tras cliché en gente que vive en el cliché de la clase alta. En el fondo, lo que me sucedía es que más que entretenerme, que al menos ese es un objetivo indiscutible de este tipo de obras, salía de ese teatro angustiado, pensando que había estado por unas horas en una burbuja de riqueza que desconoce el arte fuera de lo espectacular, que desconoce el arte del detalle, de lo crítico, de la reflexión o de la sutileza.

Mamma Mia! gracias al cielo, o quizá al diseño, al director de arte o qué sé yo, tenía algo distinto. Y quiero destacar la escenografía, a cargo de Patricio Pérez. Era una escenografía funcional, muy bien hecha, sin pretensiones más que representar lo que representaba: un hotel de una isla griega, que, al ser giratoria, se movilizaba en función de los distintos espacios que ocupaban las escenas, lo que dinamizaba el musical. El resto funcionaba bien: la luz, el sonido, los micrófonos.

Las actuaciones en un musical, dada la extra cotidianeidad que implica ya el hecho de tener que ponerse a cantar de un segundo a otro y sin razón lógica aparente, creo que deben ser un poco más exageradas que el promedio y la mayoría de las actuaciones lo era. Había recibido muy malos comentarios de la actuación de Josefina Montané y no sé si fue por esos mismos comentarios o porque fue mejorando función a función, pero creo que cumplía su papel de forma muy limpia y sin mayores pretensiones y que su canto era el de una actriz promedio en Chile, quiero decir, no el de una cantante, sino el de una actriz que se ve obligada a hacerlo y que lo hace lo mejor que puede, porque, por mucho que se pretenda, son pocos en Chile los que están preparados para cantar, bailar y actuar profesionalmente (no estamos en Broadway). Sólo la práctica hace al maestro y me parece que se veía trabajo y voluntad en ella. Además, tras ver la película Mamma Mia!, de pensar que el casting estaba mal hecho, llegué a pensar que Josefina es una de las pocas actrices, sino la única, que tiene la belleza y el carisma para hacer ese papel, si es que se pretende ser fiel a la película. Pienso que tomar ese desafío es ya en sí muy valiente de su parte.

La verdad es que, aunque me cueste admitirlo, tras ver el espectáculo, que a medida que transcurría en lugar de hacerse más tedioso se volvía más entretenido, salí por primera vez feliz del Teatro Las Condes. Habían logrado que, en lugar de quedarme juzgando a los espectadores y la pomposidad del lugar, me concentrara en un argumento fácil, con chistes livianos y canciones traducidas al castellano de un grupo sueco y anticuado al cual no le tengo gran aprecio en particular, y que me divirtiera, que me relajara y dejara de lado cualquier tipo de intelectualidad de mi parte. Creo que lo lograron porque, por un lado, el espectáculo no se desgastó tirando toda la carne a la parrilla de una, sino que, a medida que pasaban las escenas, los bailes, las luces, las emociones y las canciones se iban haciendo más grandilocuentes hasta llegar a un final que era justamente lo que uno había estado esperando ver durante casi tres horas, pero que uno no sabía que había estado esperando hasta que lo veía. Por otra parte, me parece que había en los actores esa conciencia de estar haciendo, efectivamente, un cliché, por lo que se transmitía una especie de juego en algunas actuaciones, como diciendo “esto es en serio, pero eso no implica que no pueda reírme de mí mismo”, que es básicamente el hecho de estar divirtiéndose de forma sincera en escena.

Destaco particularmente la actuación de la maestra Annie Murath, a quien conozco y admiro por su canto y la emocionalidad que transmite, y la de Angélica León (en el papel de Rosie, una de las amigas de Donna), quien, dentro de todo el musical, es la que logró aunar exageración, canto y naturalidad de una forma carismática y sorprendente.

Hasta el 27 de Mayo. Precios, elenco y más información en la página: http://www.tmlascondes.cl/events/mamma-mia/#desc

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