Crítica de Teatro

Cristóbal Cartes

Licenciado en Letras UC | Actor Club de Teatro

 

El tema de la obtención de la felicidad es un tema universal siempre atingente a cualquier tipo de contexto, quizás en cualquier país, ciudad o pueblo; esa idea de una especie de estado en el que nada molesta y todo se acerca a la tranquilidad, goce y/o placer. No es por ser pesimista, pero aparte de Buda y todos aquellos llamados iluminados, nunca he escuchado que un humano común y corriente, inserto en la realidad, haya alcanzado alguna vez esa felicidad que imaginamos como posible porque, al parecer, al menos que nos apartemos del mundo social convencional, no lograremos nada. Quizás otra opción sería el cambiar el estado de las cosas, la sociedad misma, pero eso, en una red global de sociedades conjuntas como en la que nos desenvolvemos hoy, mantenida por un poder económico inamovible, parece ser un objetivo casi imposible y que no necesariamente nos llevaría a ser felices.

Dije “inserto en la realidad”, pues fuera de la realidad la felicidad sí es un lugar posible. Los cuentos modernos para niños, desde aquel momento quizás en que surgieron los relatos de Disney, tienen siempre un final feliz. Es decir, que la pregunta por un final feliz es una pregunta que no va dirigida a la realidad, sino a la ficción. ¿Por qué no le pusiste un final feliz?, el título de este montaje que tuvo su primera y exitosa temporada en Teatro de La Aurora, es una pregunta que sólo puede venir con verdad de la boca de un niño o de alguien que sigue siendo muy ingenuo. Y la respuesta es clara: porque en el mundo real no existen los finales felices. Por otro lado, los finales de los cuentos nunca son finales reales: “Y vivieron felices para siempre” es el eufemismo para decir: y continuaron sus vidas hasta morir, no sabemos si felices o no, pero supondremos que es así, de lo contrario, querido oyente o lector, te quitaríamos toda la esperanza de vivir. El final real de cualquier vida (no en un relato ficcional) siempre es la muerte.

Hago esta reflexión pues me parece que el título de esta obra contiene en sí misma el núcleo central del cuestionamiento que nos propone su puesta en escena, siendo que este no es el título original del texto en que se basa. El texto original, escrito por Martin McDonagh, se llama El hombre almohada (The Pillowman). Ese título es, dentro de este montaje dirigido por Eduardo Fuenzalida, el título de un cuento, entre muchos otros, de los que escribe el protagonista. Este último es un escritor de cuentos, el cual se encuentra en un centro de detención junto a dos detectives que lo acusan de haber perpetrado crímenes contra niños junto a su hermano, de modo que la obra va desentrañando poco a poco las verdades y los hechos que acontecieron realmente, cuáles pertenecen a la verdad y cuáles a mentiras o a ficciones.

Las actuaciones transitan entre dos estilos de manera muy interesante. Por un lado son absurdas e irónicas, pues los personajes parecen burlarse de su propia ridiculez. Por otro lado son realistas o psicológicas, pues los cuatro personajes tienen en algún momento una caída patética en la que revelan algo de su pasado, su infancia, y en la que su estado emocional cobra una seriedad transcendente. Los cuatro jóvenes actores son enérgicos y logran ser coherentes dentro del mismo lenguaje, a le vez que dialogar en el humor junto a la profundidad del tema tratado. Las cuatro actuaciones pueden ser destacadas: Jacob Reyes en el papel del escritor casi no sale del escenario, es quien más transita por distintas emociones y en quien se resumen todos los conflictos de la obra. Esto lo hace con mucha verdad y fluidez sin que la energía decaiga. Su hermano, en la actuación de Simón Leiva, destaca por la dificultad de hacer el papel de un niño con una especie de retardo. Simón logra ser a la vez plenamente tierno y violento. Cristóbal Martínez, quien interpreta a uno de los detectives, llega a hacer comprensible y cómico el patetismo de su personaje, mientras que Pamela Pando, la otra detective, destaca con su actuación irónica, de palabras rápidas e imperativas, comprendiendo plenamente su papel. El espacio entero es blanco, tanto el fondo como el suelo, lo que hace que el sedimento de las escenas que van pasando a medida que avanza el relato destaquen en esa oficina cada vez más sucia, como si se transitara durante la obra desde la pureza de la niñez a la adultez llena de traumas. Los sonidos y la música son coherentes con el estilo algo siniestro que se da al congeniar la infancia con modos de violencia y tortura.  La obra es larga, dura casi dos horas, y sin embargo logra mantener la atención, pues hay una fluidez y un ritmo que varía apoyados por acciones muy bien coordinadas.

Es una obra en la cual el humor que propone y la risa funcionan a modo de reflexión sobre las preguntas que abre, que al parecer son más que las que contesta: ¿Cómo la ficción modifica la realidad? ¿Cómo la ficción puede impulsar un pensamiento, una ideología o acciones criminales? ¿Y cómo logra justificar estas acciones? ¿Influye el Estado en la felicidad de la niñez? ¿Alguien alguna vez ha tenido un final feliz realmente? ¿Para qué sirven los cuentos, para calmarnos? A esta última pregunta pareciera contestar que sí y que la infancia ya no implica la nostalgia del paraíso perdido, sino una especie de época en que se generan los traumas con los que todos tenemos que lidiar después, pero que ya nos han arruinado la vida quizás para siempre. Los cuentos parecen estar para calmarnos, hacernos felices justo antes de dormirnos para siempre o por un rato, como el cuento del hombre almohada, ese hombre que viene para que en el último instante te abrace y puedas tener un final feliz, un final blandito.

 

Ficha Artística:

 

Dirección: Eduardo Fuenzalida

Asistencia: Paula Reyes

Elenco: Jacob Reyes, Pamela Pando, Simón Leiva, Cristóbal Martínez

Diseño escénico: Cía. Implicancia

Mundo Sonoro: Matías Larenas

Producción: Esteban Carvajal

Gráfica afiche: Ricardo Gutiérrez

 

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